La crueldad profunda de la injusticia

Defender a quien defiende es una redundancia a la que hoy nos obliga el sistema. Y además, éste nos empuja a proclamar esa urgencia con claridad meridiana ya que los ataques contra quienes hoy defienden los derechos humanos se están convirtiendo en los últimos tiempos en una de las señas de identidad más vergonzosas del sistema mismo.

Defender a quienes defienden el derecho al libre tránsito de las personas para poder construirse un futuro de vida digna cuando ésta se les niega en sus lugares de origen a causa de guerras, miserias, hambre o explotación; defender a quienes defienden el derecho a cuidar, respetar y guardar sus territorios ante la voracidad extrema de mineras, forestales, hidroeléctricas o agroindustriales que solo buscan aumentar sus cuentas de beneficios mediante la esquilmación de la naturaleza. Defender a quienes defienden el derecho indiscutible de las mujeres a una vida sin violencias ni acosos y plena de derechos en equidad, traducido todo ello en la obligación de acabar con una sociedad machista y heteropatriarcal. Defender a quienes defienden hoy el derecho de los pueblos a definir su presente y su futuro en simple igualdad con otros pueblos; defender a quienes defienden el derecho a la libertad de expresión ya sea en el arte, la literatura o la música. Sin duda, como decía una vieja canción, malos tiempos para la lírica cuando hoy llegamos al nivel de tener que proclamar la defensa no solo de los derechos humanos, sino también de quienes defienden su cumplimiento y ejercicio.

Hablamos de personas que mueren cruzando el mediterráneo, de mujeres asesinadas por la violencia machista, de líderes y lideresas criminalizadas por defender la vida y sus territorios, o de los horrores de la guerra en demasiados lugares del planeta, sin olvidar lo barata que hoy se vende la democracia y derechos como la libertad de expresión en nuestros lares. Pero lo hacemos, en muchas ocasiones, desde la cierta frialdad. Posiblemente porque las crónicas y noticias así nos lo transmiten y hemos aprendido a consumir esas situaciones sin que nos afecten demasiado. Las razones para esta actitud varían desde la indiferencia más absoluta por lo que al otro pueda ocurrirle, resultado de la sociedad individualista en que nos movemos, hasta la necesidad humana de establecer ciertas barreras para evitar la angustia permanente ante la injusticia diaria. Así, incluso cuando pensamos o leemos sobre los grandes problemas, los más humanos, los más etéreos o los más terrenales, los análisis mantienen esa cierta línea de frialdad, propia de la reflexión que toma demasiada distancia del sujeto u objeto pensado.

Encontramos de esta forma demasiados análisis sobre la coyuntura política, múltiples informes o artículos sobre la geopolítica mundial, cientos de discursos sobre las vicisitudes de los mercados o de las grandes decisiones económicas que rigen nuestras vidas. Todos ellos, indiscutiblemente, necesarios para saber en qué mundo nos movemos, ya hablemos desde el nivel más local o desde el más global. Porque hoy aceptamos que todo nos influye, desde las relaciones sociales que establecemos en nuestro círculo más cercano, hasta lo que se discute y decide en los consejos de administración del poder corporativo, el de las empresas transnacionales, el verdadero poder hoy en el mundo. Pero, insistimos en que hay un cierto dominio excesivo de la frialdad del análisis, y pese a reconocer que esto puede ser necesario, corremos el riesgo de que ese frío nos inunde la vida. Y nos arrastre a la indiferencia del consumo desenfrenado sin preguntarnos, por ejemplo, cuánta explotación infantil y sobre las mujeres hay en Asia detrás de la ropa de grandes marcas que compramos, o cuántos muertos en África para extraer el coltán que necesitan nuestro teléfonos móviles. A qué precio humano nos llega desde las selvas amazónicas u africanas la madera barata de nuestros muebles del salón o, qué poco vale la vida de poblaciones campesinas o indígenas expulsadas de sus territorios para extender los monocultivos de soja o caña de azúcar que luego consumimos.

Usamos en demasiadas ocasiones solo el frío dato. Así denunciaremos decenas de nuevas muertes en las aguas del mediterráneo, tantos tuiteros encarcelados por ejercer la libertad de expresión, varios líderes y lideresas sociales asesinados en Colombia o Guatemala, equis mujeres asesinadas en nuestras ciudades. Por supuesto, todo ello necesario para abrir las conciencias. Pero quizás tenemos que intentar ir más allá, a la parte más humana de esos datos. Explicar en nuestras sociedades la desazón o la incertidumbre en la vida cotidiana de las personas más directamente afectadas por estas situaciones. Hacer que nos demos cuenta de lo que puede suponer la muerte sin nombre, la cárcel injusta o el sentirse permanentemente en la diana de una pistola sicaria que cobrará 20 míseros dólares por aumentar la lista negra de personas eliminadas simplemente porque molestan al poder por demandar justicia, trabajo o el derecho a una vida mejor. No sabemos nombres, no conocemos la vida que llevaban en sus pueblos las miles de personas que tratan de llegar a Europa, qué y quiénes les empujaron a tomar una decisión tan dura como atravesar el desierto más grande del planeta y luego el mar maldito que se ha convertido en la fosa común más grande del mundo. Tampoco sabemos lo que supone la criminalización injusta en una persona que la obliga a refugiarse temporal o permanentemente en otro país con la angustia de no saber si regresará, cuándo y en qué condiciones; sin saber si seguirá en la diana del estado que defiende los intereses de forestales, mineras o hidroeléctricas en contra del bienestar y justicia social para esos pueblos que siempre vivieron, jugaron, rieron y murieron en esos territorios; sin conocer lo que ocurre en sus comunidades o en la familia que tienen quizás desperdigada por su país para protegerse.

Por todo ello, a la necesidad del dato frío, pero que nos permite el análisis, hay que sumar también la empatía para que las personas de las estadísticas no sean solo una cifra que nos ayude a mantener la distancia y sentirnos a salvo. Entender la situación y sentimientos del otro o la otra, comprender la cruel profundidad de la injusticia que sufren, nos vacuna contra el racismo, la xenofobia, el machismo o la explotación del ser humano. Y desde ese momento seremos activos en la política, en la sociedad o en la economía para verdaderamente construir un mundo más justo para las grandes mayorías. Por eso, cerramos este texto con un llamado a la repolitización de nuestras sociedades. Nos empujan a estar despolitizados y casi nos convencen de que es lo que queremos, cansados de la miseria de la politiquería. Pero hay que recordar que “apolíticos” nos quiere el sistema para poder mantenerse como dominante pues de esta forma nos insensibiliza contra sus propias injusticias mediante la indiferencia. En este sentido, es necesario recordar que despolitizar no es la pérdida de interés por la política de una sociedad sino el interés del sistema pues así consigue no una sociedad menos política, sino políticamente más conservadora.

Jesus González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe

2018/03/01

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